lunes, 2 de abril de 2007

La nueva ciencia de la evolucion humana

A diferencia de los dientes, cráneos y otros huesos, el pelo no tiene con qué enfrentarse a la destrucción del clima, de los cambios geológicos y del tiempo. De esta manera, a pesar de que los cráneos de hace millones de años testifican del aumento en el tamaño de los cerebros en la medida en que una especie de ancestro humano evolucionó a la siguiente, y a pesar de que la arquitectura de la columna vertebral y los huesos de la cadera muestran cuando nuestros ancestros por primera vez se mantuvieron erguidos, el registro fósil se encuentra en silencio sobre cuándo perdieron el pelo corporal y lo sustituyeron por prendas de vestir.

Los fósiles y las herramientas testificaron de los orígenes de nuestros ancestros en África, la emergencia de su habilidad para caminar erguidos, el desarrollo de la fabricación de herramientas y mucho más. Sin embargo, ahora, dos nuevos narradores de historias han empezado a hablar: el ADN y los cerebros.

Analizando el ADN de los humanos de hoy en día, así como de los chimpancés y otras especies, los científicos se están aproximando a los puntos claves en la evolución, tales como cuándo y cómo el lenguaje y el habla se desarrollaron, y cuándo nuestros ancestros dejaron África.

El ADN aún puede revelar cuántos peregrinos dejaron huella en este sendero. En la nueva sala de los orígenes humanos en el Museo de Historia Natural en Nueva York, el ADN obtiene igual espacio que los fósiles. Y comparando las impresiones que los cerebros dejan dentro de los cráneos, “la paleoneurología” está documentando cuándo las estructuras que potencian la mente humana se elevaron, otorgando luz a cómo nuestros ancestros vivieron y pensaron. Los descubrimientos están descartando ideas que permanecieron por mucho tiempo acerca de cómo nos convertimos en humanos.

El modelo tradicional en el cual una especie dio origen a otra ha sido reemplazado por una profusión de ramas, representando especies que vivieron al mismo tiempo que nuestros ancestros directos pero que, sin embargo, esas líneas perecieron. La nueva investigación también muestra que “el progreso” y “la evolución humana” son únicamente socios ocasionales.

Los fósiles nunca resolvieron cuándo los linajes del simio y del humano se separaron. El ADN pudiera hacerlo. El ADN humano y el ADN del chimpancé difieren en 1.2 por ciento, y el ADN cambia a un ritmo más o menos regular. Eso permite a los científicos utilizar este ritmo para calibrar el “reloj molecular” cuyos tic-tac miden hace cuánto tiempo ocurrió un cambio genético. El hecho de que el ADN de los chimpancés vivientes y los humanos difieran en aproximadamente 35 millones de “letras” químicas, por ejemplo, implica que los dos linajes se separaron hace entre cinco y 6 millones de años. Eso concuerda con el descubrimiento de que la tierra se hizo cruelmente más fría y más seca hace 6.5 millones de años, justo el tipo de cambio climático que forzó a la vida a las nuevas especies. Los monos que se quedaron en la jungla casi no cambiaron; ellos son los ancestros de los chimpancés de hoy en día. Aquellos que se aventuraron al hábitat recién formado de pastizales andaron los primeros pasos para convertirse en humanos.

Lo que activó este cambio abrupto —que nos puso en el camino a convertirnos totalmente en humanos— ha confundido desde hace mucho tiempo a los expertos. Donde las piedras y los huesos fueron de muy poca ayuda, sin embargo, los genes y los cerebros han empezado a hablar.

Los científicos han descubierto un gen denominado HAR1 (significando región acelerada humana, por sus siglas en inglés) que está presente en animales desde los pollos a los chimpancés y a los humanos. Había cambiado únicamente dos de sus 118 “letras” químicas hace 310 millones de años (cuando los linajes de los pollos y los chimpancés se separaron. Sin embargo 18 letras cambiaron en un abrir y cerrar relativo de ojos desde que el linaje humano se separó del de los monos. Esa alta tasa de cambio es una señal de que hubo un gen cuya evolución mantiene otorgando ventajas a aquellos que lo llevan, tal vez iniciado con el australopitecus.

Para encontrar que más nos hizo humanos, los científicos están examinando qué combinaciones de genes están activas en la corteza cerebral, el lugar del pensamiento más alto, de los chimpancés y la gente. Entre los genes que se volvieron “altos” en la gente, están aquellos que influyen en la rapidez que saltan las señales eléctricas de una neurona a otra y por lo tanto en la rapidez que puede procesar el cerebro la información, aquellos que mejoran las conexiones entre las células y de este modo el aprendizaje y la memoria, y aquellos que promueven el crecimiento del cerebro. Este patrón de actividad de gen, al parecer, empezó a emerger cuando lo hicieron las especies de australopitecus.

El descubrimiento de que los primeros humanos fueron los cazados y no los cazadores ha cambiado la idea tradicional acerca de lo que hace prosperar a las especies.

Tanto la genética como la paleoneurología lo respaldan. Una hormona llamada oxitocina, mejor conocida por inducir el parto y la lactancia en las mujeres, también opera en el cerebro (de ambos sexos). Ahí, ésta promueve la confianza durante las interacciones con otras personas, y de este modo la conducta cooperativa que permite a los grupos de personas vivir juntos para el bien común. A través de comparar el genoma del chimpancé con el humano, los científicos infieren que la oxitocina existió en los ancestros de ambos. Sin embargo, han sufrido cambios desde entonces, quizás en cómo el cerebro responde fuertemente a ésta y cuánto es producida.

La investigación todavía está en el camino, pero una posibilidad es que los cambios ocurrieron alrededor de la época en que nuestros ancestros se establecieron en un sistema basado en sostener los lazos entre el hombre y la mujer, hace aproximadamente 1.7 millones de años.

La paleoneurología promete hacer lo que los estudios simplísticos de los cerebros antiguos no podían: explicar los grandes pasos de nuestros ancestros hacia adelante.

Los fósiles no han acabado de hablar, por supuesto. Estas tarjetas postales sin fin provenientes del pasado seguramente todavía se encuentran encapsuladas en las rocas del viejo mundo. Sin embargo, ahora, en la medida en que el antiguo ADN y la materia gris nos otorgan sus secretos, están agregando vida a la antigua búsqueda para entender de dónde proviene la humanidad y qué hicimos para llegar aquí.

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