domingo, 13 de septiembre de 2009

El altruismo imposible

Camilo José Cela CondeCerrándose ya el año Darwin, la revista Science ha brindado nada menos que cuatro de sus muy solicitadas páginas a una síntesis acerca del problema que plantea la conducta cooperativa a la teoría de la selección natural. Se sabe desde la publicación de El origen de las especies que los mecanismos selectivos favorecen cualquier esfuerzo por mejorar la adaptación de los organismos. Pero de manera individual, maximizando el provecho de los recursos ambientales en el propio interés. Que un ser dedique sus esfuerzos a cuidar de otro beneficiará a éste pero a costa de perjudicar al buen samaritano. La selección natural premia el egoísmo.

Sin embargo, las especies cooperativas, desde los insectos sociales a los seres humanos, no son nada raras en la naturaleza. Elizabeth Pennisi, autora del trabajo publicado en Science, hace un repaso de los intentos que se han realizado para poder explicar esa paradoja. ¿Qué sucede, que la idea de la selección natural es incorrecta, o que los supuestos altruistas no lo son? Ambas respuestas resultan, en alguna medida, correctas. Al decir de los sociobiólogos, el pensamiento original de Darwin no pudo resolver el problema de la existencia de los organismos cooperadores porque en realidad la selección natural no actúa sobre los organismos, sino sobre los genes. Y éstos no son en absoluto solidarios sino competidores feroces. Richard Dawkins divulgó esa manera de explicar la cooperación en un libro, El gen egoista, que hizo fortuna. Pero en realidad hay una respuesta aún más sutil y con toda probabilidad cierta: el concepto de altruismo es polisémico. Hablando de la cooperación, no se trata del mismo fenómeno en el caso de las hormigas, las abejas o los termes que cuando se trata de chimpancés o seres humanos.

O de microbios. La ameba Dictyostelium es mencionada por Pennisi como uno de los mejores y más estudiados ejemplos del altruismo en la naturaleza. Y del problema que supone para los cooperadores el tener que enfrentarse con algún que otro egoísta esporádico. La genética cuenta con modelos muy precisos que explican la estrategia de Dictyostelium. Pero por mucho que proliferen y triunfen los libros que proyectan esos modelos hacia los seres humanos, es harto improbable que los mecanismos selectivos mediante los que las amebas fijaron sus genes –altruistas o no– sean los mismos que actúan en los primates, en unos primates como nosotros.

La cooperación y el engaño son dos de las fuerzas más fundamentales en la organización social humana. Comenzamos a saber en qué mecanismos cerebrales se fundamentan pero lo ignoramos todo acerca del control genético que pueda existir, si es que existe, sobre nuestras conductas altruistas. Cuando se conozcan habremos avanzado un paso, pero uno muy pequeño. En gran medida, lo que son nuestras emociones lo explican mucho mejor los libros de Shakespeare que los de Darwin.

CAMILO JOSÉ CELA CONDE / diariodemallorca.es